Javi - Caperucita
Caperucita Roja – Javi Dos Santos
Había una vez en un pequeño y conservador pueblo… Bueno. Una, dos… ochenta mil veces. En realidad esta historia no se aleja mucho de tantas otras que seguramente hayan escuchado. Sin embargo me parece importante que la lean para ver si de una buena vez aprendemos algo como sociedad.
Bueno, resulta que en este pueblito enchapado a la antigua había una piba que solía jugar con sus amiguitas a las muñecas, con sets de cocina y de maquillaje. La verdad no le gustaba demasiado, pero era lo que había así que ajo y agua. En una oportunidad su mamá le había regalado una caperuza roja y como la usaba casi todo el tiempo, la llamaban Caperucita Roja. El tema es que le estaba empezando a quedar chica porque creció mucho en el último año y se le veían todas las piernas, así que muchos decían que en realidad lo que le gustaba no era la caperuza sino, justamente, mostrar las piernas, a pesar que ella decía una y otra vez que era cómoda para subir a los árboles.
Caperucita Roja nunca conoció a su padre, ya que fue fruto de un “amor de verano”. Según decían en el pueblo, solía meterse en algunos problemas debido a la ausencia de una figura que le inspire respeto e imponga los límites cuando fuese necesario. Yo creo que en realidad hacía la misma cantidad de macanas que cualquier guainita de su edad y se le responsabilizaba a la “mamá luchona” en lugar de al padre que se había borrado ni bien supo del embarazo. Su mamá hacía lo que podía, entre estudiar, trabajar, cuidar a una hija cabezuda y también estar pendiente de su propia madre, que dicho sea de paso andaba medio enferma.
Justamente por eso, una tarde le pidió a Caperucita Roja que le lleve un poco de chipa guazú y caña con ruda a su abuela que vivía del otro lado del montecito. A pesar de todas las historias que había escuchado sobre el Kurupí, el Yasí Yateré y el Pomberito, a ella le encantaba jugar en el monte, así que aceptó con gusto. Siempre decía que eran puros cuentos para que los chicos se queden en sus casas a la hora de la siesta, aunque un par de veces escuchó silbidos medio raros que le hicieron volver corriendo.
En fin… como ella descreía de todas esas cosas, iba tranquila mirando los árboles, los pajaritos y las mariposas, aunque prestando atención a que no se le cruce alguna yarará. Grande fue su sorpresa cuando se le apareció el Lobizón. Primero se asustó mucho, y se quedó paralizada. Pero en lugar de atacarla, el Lobizón solo empezó a hacerle preguntas que ella contestó casi con miedo. Qué tenía en la canasta, adonde iba, donde quedaba la casa de su abuela… El Lobizón tenía un pelaje largo y negro, que se movía suavemente con el viento. Además era muy canchero así que invitó Caperucita a buscar algunas flores para su abuela en el arroyito que estaba ahí cerca y ella, que ya estaba más tranquila, aceptó.
Ustedes ya se podrán imaginar cómo termina la historia. Caperucita se fue a buscar las flores con el Lobizón y luego a lo de su abuela. Le entregó la sopa paraguaya y la caña con ruda, hablaron un rato, merendaron y luego volvió a su casa paseando por el bosque como de costumbre. ¿O ustedes creían que la historia de una nena precoz, que dejaba ver sus piernas, con un padre ausente, una madre muy ocupada, que camina sola y a la tardecita por el monte de un pueblo conservador y que además habla con extraños necesariamente tenía que terminar de otra forma?
Hola, Javi!
ResponderEliminar¡Me gustó mucho tu versión de Caperucita! Me gusta, sobre todo, que la transportaste a un lugar tan cerca para nosotrxs.
Implementaste muy bien los elementos que vimos en clase para que el narrador este muy presente. Incluso parece un personaje más, tiene una opinión muy fuerte y motivaciones claras para contar la historia. Y la "moraleja" es genial.
Espero seguir leyéndote,
Vane <3