Reescritura - Javi
El pasto teñido de blanco recordaba la pésima decisión de haber usado
soquetes esa madrugada. Sin embargo, fue un cómplice clave para el paso de la
frontera interprovincial. Antes de la curva Rubén apagó las luces del auto y,
valiéndose solamente de la iluminación que proveía la inmensa luna llena,
lograron trasponer el desolado control mientras los policías y gendarmes
interrumpieron un instante sus risas para responsabilizarse mutuamente por no
haber visto, a través de las ventanas empañadas, al gris y silencioso auto. Pocos
segundos después, la adrenalina y el nerviosismo ocultos detrás de unas caras
de póker y un puñado de excusas que fueron innecesariamente ensayadas para la
ocasión, dieron lugar a una nueva mirada cómplice que fue sumada a la interminable
lista que ya poseían en sus más de 30 años de matrimonio.
El “estamos llegando” se hacía eterno en la parte baja del edificio, y la
ansiedad aumentaba con la mirada tempranera de cada vecino que parecía advertir
lo que estaban tramando. Unos abrazos de reencuentro y la renovada ronda de
mates permitieron ajustar detalles de la ejecución del plan. Ya sin poder
esperar más, los autos salieron en direcciones opuestas, pero con el mismo destino,
siete minutos antes de la hora acordada.
– Disculpe, ¿no está Samuel? – Le preguntó
Rubén al corpulento guardia que custodiaba la puerta de la clínica, segundos
después de haberse puesto el barbijo.
– No. – Respondió cortante. –Y por si no sabe,
están prohibidas las visitas. – Complementó en el mismo tono advirtiendo las
intenciones del equipo mientras miraba de reojo la carpeta llena de documentos
que tenía Mirta entre sus manos.
– Yo había hablado con Samuel y él me dijo que…
– ¿Qué estamos en medio de una pandemia y no se
puede ingresar salvo que tenga una emergencia? – Lo interrumpió. – Cualquier
otra cosa que le haya dicho es información falsa o vieja. No importa. Y por
favor, mantenga distancia señor. – Espetó con una voz tan grave y repleta de
soberbia e intransigencia, que resultó inapelable.
Atónito por lo que acababa de presenciar, se
dio vuelta para recibir lo que parecía el golpe de gracia al ver los llorosos
ojos de Mirta. La fragilidad del plan era tan grande como su entereza. Marisol,
que había desaparecido sin previo aviso, volvió corriendo para sostener el
castillo de naipes que empezaba a derrumbarse. Con la respiración entrecortada y
casi sin poder hablar, indicó otra entrada a la vuelta del edificio.
Adrenalina otra vez. Miradas nerviosas sin
emitir palabra. Cuando el longevo oncólogo utilizó la salida de emergencia
aprovecharon para entrar mientras éste contemplaba con nostalgia la nueva
presentación de los Rothmans 43/70 que compró el día anterior. Cualquier
pregunta acerca de la dirección que debían seguir delataría la ilegalidad de su
presencia. A pesar que las paredes habían sido pintadas, el déjà vu le recordó a Javier esa triste
noche y lo ayudó a reconstruir el laberinto de rampas, alimentando la
esperanza. Los tres lo seguían con el paso apretado, evitando cualquier
contacto visual que pudiera delatar el pánico de sus ojos. Las hermosas
chatitas que Marisol se había comprado especialmente para la ocasión se
convirtieron en el cencerro que delataría al grupo.
– ¡Hey! ¡Ustedes! ¡¿Adónde van?! – Inquirió la aguda
voz de la enfermera residente. – ¡No pueden estar acá! – Continuó, ante la
indiferencia de los invasores, como si digiera algo que ellos no supiesen.
En cuestión de segundos una horda de grandulones
los interceptó cuando solo estaban a dos puertas del objetivo. Pareciera como
que la fresca agua del manantial se escurriera entre los dedos antes de poder
apagar la sed. Sed que para poder saciarse enfrentó desafíos. Desafíos que la
alimentaron aún más.
Parecían estudiar la disposición de las
baldosas que, perfectamente ubicadas en la vereda, formaban el nombre de la
clínica. Las miradas clavadas en el piso eran el complemento natural de las
espaldas encorvadas y los hombros caídos. Todos resignados, sentados en la
escalera sin poder emitir sonido. Todos, excepto Mirta. Ella miraba hacia
arriba todavía sin animarse a poner en palabras lo que pasaba por su cabeza. Sus
ojos, los únicos que aún brillaban, parecían preguntar “¿y si sí?”, sabiendo la
respuesta obvia a la locura que estaba por proponer.
Marisol fue la primera en decidirse y caminó hacia su madre, seguida de
inmediato por Javier y Rubén. Agachándose, la subió a sus hombros y se
incorporó. Javier hizo lo propio con Marisol mientras Rubén dirigía los
esfuerzos y aseguraba el equilibrio de la columna humana. Mirta se aferraba a
la ilusión tanto como a las paredes del edificio. Un desconocido paró su auto
casi en doble fila y se bajó de inmediato. El miedo a una potencial denuncia
palideció a los equilibristas que ya casi no tenían fuerzas. Rubén lo
interceptó y calmó la curiosidad del extraño que, totalmente eufórico, su unió
al plan y levantó con fuerzas a Javier. El movimiento brusco desestabilizó a
todos. Mirta sintió el vértigo en el estómago, pero pudo aferrarse a un sobresaliente
ladrillo que apareció salvador en el último suspiro, como quien estuviese
guardado un ancho de espadas bajo la manga. Marisol la ayudó a sostenerse,
sujetándola con fuerzas y haciendo que se pare sobre la cabeza de Javier. Solo
habían subido unos centímetros, pero al menos nadie resultó herido.
De las ordenes que los médicos le habían impuesto hace ya un tiempo, la
única que Rubén aún todavía cumplía era la de no hacer demasiada fuerza, pero
ya estaba decidido a desobedecerla. Cuando se agachó para levantar al joven
desconocido, sintió una fuerte mano en su espalda.
– ¿Qué es lo que estás por hacer? – Le dijo, con su ya conocido tono, el
uniformado que se había acercado desde la puerta principal.
Seguro de que ese era el final, se levantó para rendirse cuando el guardia
lo apartó con el brazo y lo puso contra la pared. Posteriormente se agachó,
redimiéndose de las trabas que impuso más temprano, y con sus 120 kilos levantó
a todos hasta que Mirta finalmente alcanzó la ventana.
El torrente de lágrimas se desató a ambos lados del vidrio. Ninguna de
las restricciones impuestas por una pandemia evitaría que conozca a su primera
nieta. Mucho tiempo después, Gabriel y Laura le contarían a Sofía lo que un
grupo de locos hizo el día de su nacimiento. Unos instantes más tarde la
enfermera residente ingresó a la habitación jactándose de haber evitado que se
infringieran las normas del sanatorio mientras, aún entre lágrimas, los padres
primerizos intercambiaron miradas cómplices.
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