Reescritura - Sami

 

El amor vence al miedo

Eze y Manuel bajaron a la estación de Callao para tomarse el subte, iban a su amada fiesta Plop a encontrarse con Facu. El clima que se vivía en esa fiesta era alucinante mezcla de teatro, antro y boliche, se copaba con música elegida para moverse toda la noche, bailarines y bailarinas que maravillaban con sus coreografías, luces parpadeantes que enceguecían de éxtasis los cuerpos. Allí cada chico, chica, chique era como quería ser, sin tapujos, sin condenas, sin miedo, sin héteros “normales” que se burlen, sin que nadie los pueda lastimar. Era el puto templo gay. Facu esa noche desplegaría en el escenario de la fiesta todo su glamour bailando. Los tres pibes se habían conocido el primer año de la escuela de danza en el teatro San Martín, amaban bailar.

En el vagón del subte semivacío una chica de ojos claros cantaba con toda su garra y voz potente “historias sin contar” y le ponía toda la onda con su guitarra, Acústica Túnel se hacía llamar. Esos pequeños y deslumbrantes regalos que tiene la Gran City Porteña y su hermosa locura del anonimato.

– Amigo, por algo es tu primer amor, es decir, no es amor, es apenas el primer amor –  siguió conversando Manuel mientras la música les regalaba intimidad.

– Bueno, yo siento que es amor, que sé yo. Facu es todo lo que está bien, me gusta estar con él, nos llevamos re bien en todo – Responde Eze y mira a los ojos de su amigo – es amor, no tengo duda.

Manuel se distrae con el teléfono. Eze le pregunta – ¿y vos en que andas?

– Yo tranqui, no tengo ni intenciones de engancharme con alguien, prefiero estar así, sin mariposas en la panza y todas esas porquerías, después de lo de Gastón ni ganas me da.

– Che, ¿y tus viejos saben lo tuyo?

– No, no lo entenderían, son re homofóbicos, ya me imagino a mi viejo el escándalo que haría. Cada vez que puede me pregunta si conocí a alguna minita, a veces me da ganas de inventarle una historia así me deja de joder.

– Si, entiendo, un garrón

– El otro día con lo del matrimonio igualitario no podía soportar todas las boludeces que decían.

– Cada cosa se escucha, no sé qué se creen, que les jode que se casen los homosexuales, nadie los va a obligar que se hagan gay.

– Si, cualquiera. El forro de mi hermano dejó embarazada a una piba con la que salía y ni cargo se hace, ¡Ah, pero si los putos y las tortas se casan arruinan a la familia! Me da tanta bronca.

– Terrible hipocresía. No sé si te conté, tengo una prima que está saliendo con una chica. Al principio cuando se enteraron mis viejos era un horror, que como iban a tener hijos, que quien haría de hombre, que no iban a poder casarse en la iglesia, que pobre mi tía que le tocó una hija así, un montón de sandeces. Pero después cuando la conocieron a la chica, cambiaron la onda, una genia la piba, la vieron re bien a mi prima y eso lo dejó más tranquilos. Yo creo que me entenderían si les contara.

– Ah, re copado. Bueno, en un momento te va a nacer decirles, y si vas con seguridad, te van a entender.

– Si, lo sé, pero hasta que no me sienta seguro que todo marcha bien con Facu prefiero mantenerme así.

– El día que me pueda mantener solo, y me pueda ir de la casa, ahí les voy a decir a mi viejo “Si, ando con un minito, ¡y se llama Roberto!” – Se rieron juntos.

La música agradeció los aplausos con una hermosa sonrisa y mirada dulce, pasó la gorra y cambió de vagón llevándose su magia. Eze miró su teléfono y cambió su gesto.

– Ey, ¿Qué pasó? – Preguntó Manuel

­– Facu me dice que no va a bailar, que tuvo un problema, que me espera en la esquina del teatro, no sé qué onda.

– Bueno tranqui, quizás le agarró pánico escénico, que sabés

­– No, man, algo anda mal, no me dice que le pasa, que me espera ahí, que vaya rápido, nada más.

– Ya falta poco, un par de estaciones, no te desesperes. Tranquilo loco, va estar todo bien.

Eze trató de llamarlo, pero Facu no atendió.

Las siguientes estaciones las pasaron en un helado silencio, en su cabeza Eze imaginaba cientos de hipótesis. Su mente como un tornado arrancaba de su pecho cientos de ilusiones con que se había llenado, dejando un asqueroso vacío de angustia.

Manu, volvía a decirle – Va a estar todo bien loco, tranquilo amigo – pero también presentía que algo se estaba quebrando en el aire.

Bajaron en Lacrose, en frente, el olor profundo de humedad, leche pasada y formol del cementerio de Chacarita, ambientaba perfectamente la amargura que sentía Eze en la garganta.

Las 8 cuadras hasta la Avenida Álvarez Thomas, donde esperaba Facu, las hicieron al trote. Las copas de los pocos arboles de ciudad oscurecían con sombras las veredas deformadas por las raíces, demandando mucha atención para no tropezarse en el apuro. El bullicio típico de la ciudad se volvió un silencio de angustia para los dos. Manuel se mantenía callado, no sabía que decir. Eze, agitado, de a ratos puteaba alguna hipótesis.

Llegaron. Facu estaba sentado en el escalón del bar Berlina, tomando con sus brazos sus piernas contra el pecho, cual niño pequeño. Adentro estaba lleno de gente del ambiente de la fiesta haciendo la previa, alegres, en las mesitas cuadradas chiquitas repletas de vasos de cervezas y algún resto de pizza.  

Facu se paró al verlos llegar. Tenía puesta su capucha, apenas se veía su rostro. Eze al acercarse pudo notar las lágrimas en sus ojos y lo abrazo como quien ataja a alguien que está por vencerse al suelo. Facu se quebró en un llanto, un poco más alto que él, parecía un títere con todos sus hilos flojos colgando sobre los hombros fuertes de Eze.

Si eso no era amor, que es el amor entonces.

Pasaron algunos minutos que parecieron una eternidad. Los semáforos abrieron y cerraron el paso de la vida que seguía como si nada. Los colectivos pasaron escupiendo su insoportable silbido con gente absorbida en su momento. Las personas desde el bar que escucharon ese llanto evitaban mirar, aunque ya se les había encarnado la pena de ver a alguien llorar, y quizás el recuerdo de un dolor así. Un borracho con un tapado mugriento paso tropezando en pozos invisibles y gritando “Bueeeeena maricones”, burlándose mientras hacía equilibrio. Bastó solo una mirada de Manuel para que tipo se callara, se enderezara y siguiera su camino en silencio.

Poco a poco Facu recuperaba el aliento, Eze no dejó de sostenerlo, Manuel todo el tiempo estuvo parado a su lado, custodiando como un soldado a sus dos amigos y su mundo.

Eze pudo ver el rostro de Facu – ¿Que te pasó? – Exclamó asustado al ver su cara toda golpeada, aún tenía sangre en su ceja.

Entre sollozos Facu dice ­– Dejé el Messenger abierto en la compu, y la forra de mi vieja leyó toda nuestra conversación. Le contó a mi viejo y se puso como loco.

La mierda la sociedad se anudó en el pecho de los tres el dolor de sentirse afuera. Pero a la vez sintieron orgullo de pertenecer a quienes se atreven a sentir diferente.

El amor vence al miedo, así que esa noche, esos tres pibes se hicieron invencibles.

 

Samanta Murphy

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