Gonza - Conflicto
Taller de Escritura “Entre paréntesis”
Conflicto
Gonzalo Leonel Nieva Taulamet
Cautiverio
Sebastián espió por uno de los ventiluces del sótano y, tal como esperaba, vio al Morocho sentado sobre el capot de la camioneta disfrutando del cálido sol de invierno e informándose de las últimas noticias que trasmitía la radio del vehículo. A juzgar por la posición del sol, Sebastián dedujo que era alrededor del mediodía y que muy pronto le iban a llevar el almuerzo.
Al pensar en este último detalle, Sebastián sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo y pudo notar que sus manos estaban pálidas, frías y sudando; faltaba poco.
Sin pensar demasiado, el muchacho bajó de la silla sobre la cual estaba subido y se acercó a la cama. Ayudándose con la almohada y las sabanas formó un gran bulto al que luego cubrió con la colcha para simular el cuerpo de una persona durmiendo. Verdaderamente se esforzó para que se viera realista y por unos segundos observó orgulloso lo que él consideraba que era una gran obra de arte. De repente, escuchó que alguien golpeaba la puerta.
Instantáneamente, Sebastián dirigió su mirada hacia donde había provenido el sonido. Como si estuviera en una especie de transe, sintió como si el mundo se hubiese detenido y el aire se hubiera vuelto denso y frio. Cuidando de no hacer ningún ruido que levantara sospechas, tomó el palo que se encontraba debajo del colchón de la cama y rápidamente se colocó al costado de la puerta. Luego dijo con voz lo suficientemente alta para ser escuchada aunque simulando estar moribunda y entrecortada:
-Ayuda, ayuda, me duele mucho…
A partir de allí todo ocurrió como si fuera una película. El Rubio abrió la puerta, entró con desesperación a la mugrienta habitación y dejó la bandeja de comida en la mesita de luz que se encontraba al lado de la cama. Cuando estaba a punto de levantar el cubrecama, Sebastián se deslizó por detrás, levantó el palo, y le golpeo en la cabeza con todas sus fuerzas. El Rubio se desplomó en el piso y un hilo de sangre comenzó a brotar de su cabeza manchando poco a poco el suelo.
Estupefacto y sin poder moverse, Sebastián miró fijamente el cuerpo desmayado de su primera víctima: había comenzado su fuga. Un gran terror se apoderó de él pero al cabo de unos instantes volvió en sí. Lo hecho, hecho estaba y ya no había vuelta atrás: tenía que continuar son su plan. Las escaleras de madera; tenía que ser muy cuidadoso para no hacer ningún ruido al ascender por ellas. Sebastián puso un pie en el primer escalón y este crujió. Una chispa de terror surgió en su interior pero rápidamente se desvaneció al ver que nadie se percató del sonido. Acomodó sus anteojos en un gesto habitual de nerviosismo y continuó. Poco a poco, peldaño por peldaño, Sebastián fue subiendo por las escaleras deteniéndose por unos segundos cada vez que, sin quererlo, golpeaba la estructura produciendo alguna perturbación del silencio.
Al llegar al final de la escalera, Sebastián miró hacia los lados del largo y oscuro pasillo que conectaba los cuartos de la casona. Había dos puertas en la pared derecha y la misma cantidad en el lado opuesto. A unos metros frente a Sebastián se encontraba la abertura que conducía al comedor, el lugar a donde debía llegar.
Sebastián comenzó a caminar lentamente y pasó la primera puerta sin ningún sobresalto. En la segunda frenó de golpe al escuchar un par de voces que provenían de la habitación: aunque una de ellas claramente pertenecía a Mauricio, no pudo identificar a la de la otra persona. A juzgar por el tono y volumen de las risas, Sebastián dedujo que los ocupantes estaban inmersos en la típica charla de adolescentes. Agradeció para sus adentros que la puerta estuviera completamente cerrada y siguió su camino.
Finalmente llegó al comedor, el cual se encontraba completamente vacío a excepción de una mesa y sillas de madera en mal estado. Sebastián seguía sin poder creer el abandono y suciedad de aquel lugar; simplemente le indignaba. Sintiéndose culpable por pensar en esas trivialidades mientras estaba realizando lo que quizás sería la proeza más grande y peligrosa de su vida, Sebastián volvió a concentrarse en el plan.
Inesperadamente, como los buscadores de oro de la California del siglo XIX, Sebastián sintió gran júbilo y satisfacción al encontrar un gran tesoro en forma de machete. Ahora podía cambiar el palo manchado de la sangre del Rubio por un arma que, aunque estaba oxidada, era más eficaz que la primera.
El joven abandonó sobre la mesa el palo que tanto lo había ayudado y tomó el machete que se encontraba apoyado en una de las paredes. Percibiendo el viejo y áspero mango de madera, ahora se encontraba más preparado que antes, si eso era posible, para afrontar el último obstáculo: el Morocho. Con una determinación casi inhumana, Sebastián cruzó el gran pórtico de entrada; sí, la última puerta que lo separaba de la libertad.

Buenas, Goza.
ResponderEliminarQué texto tan fílmico. Construiste muy bien la tensión narrativa en el cuento. Presentás el conflicto desde el principio y lo vas dilatando al postergar la resolución. El final es abierto así que es entendible que el conflicto no haya terminado de resolverse, aunque nos deja expectantes a lo que podría ser su resolución final.
En este caso, interpreto, se desarrolla un conflicto de tipo personaje vs personaje. Siendo un personaje el principal, y el otro la sociedad que lo tiene encerrado. También podemos interpretar que con cada persona con la que se encuentra se genera un conflicto. Igualmente, el conflicto es claro y se da por el choque entre dos deseos: uno desea escapar y los otros desean mantenerlo encerrado.
Un gusto leerte,
Jan.
Buenas, paso a dejarte mi comentario...
ResponderEliminarEste cuento me gusto ya que el conflicto de los personajes son los mismos pero de un punto de vista diferente, la libertad como deseo unico es un elemento eficaz para intentar "sobrevivir".
Sin más que decir, ánimo para seguir escribiendo!
Best Wishes...
Atte:Julia/Kenya