Sofía - Conflicto

Dos chicos caminan en una playa de la costa argentina. Se empujan y se ríen el uno del otro y viceversa y viceversa hasta el infinito. Corren los años sesenta. O la gente corre a la década de los sesenta. En Estados Unidos asesinan a John F. Kennedy y el mundo se revoluciona convulsionantemente en todos los lugares en donde hay algo que decir. Los jóvenes de esa playa oscura y nebulosa no llevan adelante un Mayo Francés ni protestan contra la guerra de Vietnam, pero también tienen cosas qué decir y están luchando.

La luna ilumina milagrosamente el mar atlántico y los sigue en su caminata furtiva. Uno de los dos comienza a correr mientras el otro lo sigue intentando darle latigazos con la campera de lana turquesa que hacía unos minutos colgaba de su espalda. Pedro cae sentado en la arena y se acuesta en un intento de dejar de retorcerse de la risa. Juan lo alcanza y se sienta a su lado. Los dos miran el mar revuelto y miran también hacia adentro aunque podría a esta altura podría ser lo mismo. Hay cosas que se dicen que me gustaría contar pero no puedo porque soy omnisciente pero entiendo de intimidad.

Sí les puedo contar que, mientras tanto, en el universo de los intangibles, un instante está por ser atrapado. Así como les digo. Los dos chicos, de bermudas a pesar del frio (porque es un hecho sabido que la juventud hace al ser humano invencible) se acercan y comienzan, desde ese pequeño sitio que ocupan en esa pequeña ciudad -en ese país ubicado en un mundo de miles de kilómetros, dentro de una galaxia de miles de años luz de diámetro- su propia revolución.

Al tiempo, Pedro es enlistado para la batalla no sé si más importante pero sí más inmediata que libra Argentina. Ambos se despiden y se lamentan. Lo que sucede es que solo atraparon un instante, uno solo en una inmensidad de cosas por vivir y a la hora de la repartija el universo considera que lo va a necesitar más Pedro en las trincheras que Juan trabajando en la ferretería de su padre. Así fue como ese instante fue guardado en un bolso y liberado en plena guerra contra Paraguay.

El tiempo pasa y acontecen incontables cosas. En medio de todas ellas, muchos años después, a la salida de la filarmónica de Viena dos hombres ya adultos se encuentran. Uno ve al otro primero. Al principio se desentiende. Después le baja la presión, o le sube, ni yo sé. La distancia le dificultó encontrar en ese rostro al que antaño había sido un joven de ojos claros y cabellos rubios, pero tenía la certeza de que era él. Nuestro guardián del instante que supieron atrapar juntos se decide y comienza a acercarse. Mientras, Juan está solo, con un sobretodo largo y fumando un cigarrillo armado. Pedro tiene que darle órdenes simples conscientemente a todas las partes de su cuerpo. Instrucciones para caminar hacia el amor de tu vida a quien jamás superaste pero que con el tiempo suplantaste por una hermosa mujer con la que nunca tuviste una verdadera relación de amor, escribiría Cortázar. Pero acá no hay tiempo para Cortázar porque dentro de este hombre acaece el fin del mundo. Afuera, cuando una mujer y dos niños van al encuentro de Juan, también se sucede y una por una todas las edificaciones europeas comienzan a desvanecerse ante los ojos de Pedro. Sin embargo, al pegarse la vuelta y dar unos sistemáticos pasos una mano le toca el hombro. Se abrazan como dos viejos amigos, Juan le entrega su tarjeta y le dice que lo llame, que le gustaría que hablen, que se vean. Sin más palabras porque esas son las suficientes, se aleja. Unas horas más tarde, un hombre que pasa por una tienda de libros usados apoya una novela que lleva bajo el brazo y en la que atesora un invaluable número de teléfono, acto seguido agarra por casualidades del destino o pésima suerte en el amor el ejemplar equivocado, y se va.

Es el último salto temporal al que los llevo, se los prometo: En un pueblo europeo lejos de las metrópolis un señor ya entrado en años, espera. Hace tiempo que se separó y decidió venirse a vivir a Europa. Hace tiempo también que es dueño de una librería de usados más popular por cariño a su persona que por la variedad ofrecida. Hay repetido innumerables veces un libro que tiene un solo final, tiene Cien años de soledad en todas sus versiones y en todos sus formatos, ilustrados, viejos y nuevos. No espera encontrar nada, solo conservar en el mundo una parte material del instante que lleva consigo hace años y que le pesa por cada día menos, cada día más.


Comentarios

  1. Buenas Sofí!
    Me encanta tu texto!
    Llevaste el conflicto a lo largo de muchos años y sin embargo nunca perdió el hilo o la relevancia. Además, los personajes quedaron muy bien presentados, y sentí empatía con ellos casi inmediatamente. e incluso el narrador es adorable.
    ¿Puede ser que me esté perdiendo alguna referencia por no haber leído cien años de soledad?
    Espero seguir leyéndote,
    Vane <3

    ResponderEliminar
  2. Buenas, paso a dejsrte mi comemtario!
    El cuento de conflicto que nos presentaste es muy dificil de reslizar, no solo porque usaste todos los elementos aprendidos en el taller sino que lo transformaste como algo posiblemente eterno (por los saltos temporales), lo disfrute mucho.
    Sin más que decir , ánimo para seguir escribiendo!

    Best Wishes...

    Atte:Julia/Kenya

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares