Mica - Conflicto


Por: Mii 


Hace 122 días que no salgo de casa, y eso no es novedad para nadie.   Todo el mundo está así, atrincherados en un bucle, un ciclo sin fin, tomando medidas necesarias  para sobrevivir  en una pandemia, sobreviviendo como pueden. Sobreviviendo. 

Este encierro sacó facetas que ninguno de nosotros creyó que tenía, más de uno se puso a cocinar, no faltaron réplicas de Paulina Cocina ni tik tok’s de café helado; algún que otro quedó calvo o con más de un “nuevo look”, pintaron,  cantaron, maratonearon  películas con Baini, videollamaron a sus abuelos o abuelas, cumplieron años  y no recibieron abrazos, gritaron angustiados y ninguno fue escuchado.  Cada quien comenzó su encierro como pudo, o en mi caso  como mi padre podía. 

Papá es médico y creo que es la palabra clave para descifrar que en una pandemia, donde un virus nos estaba matando, era el personal más solicitado. Papá es médico en el Hospital Posadas, a pesar de que  nos quedaba un poquito lejos. Papá tenía las llaves del departamento de su padre en Ramos Mejía. Ramos Mejía, donde queda el Hospital Posadas.  ¿Y se acuerdan que recién dije lo de “cada quien comienza su encierro como puede”? pues, yo lo empecé bajo los términos  y posibilidades que tenía papá: sola, en un departamento que no conocía, repleto de tierra, sin ser escuchada. 

El departamento era bastante antiguo y extenso, con una   lamparita amarillenta que hacía todo más oscuro, rastros de una habitación abandonada e insectos ocupas de cada espacio que nos separaba.   Al ingresar una lámpara araña colgante te recibía en lo que supuestamente era un living: un  par de sillones contra la pared, una mesita ratona en el centro y en una esquina el famoso librero de los recuerdos, repletos de fotos de personas que no conocía y probablemente ya estén muertas.  

Las persianas no funcionaban, la cocina tampoco. En la habitación se encontraba  una cama matrimonial que parecía tener muy poco uso, cuadros pintados con una firma irreconocible y un placard antiguo que me daba miedo abrir. El baño tenía más cucarachas que cerámicas que lo cubrían, un espejo delicado y la única entrada de luz natural. 

Comencé con arreglar las persianas y cambiar las lamparitas; baldear, refregar y echar cualquier insecticida que sea necesario. Me entretuve meses en un viejo departamento con todo lo que estaba a mi alcance, viví de deliverys, pinté paredes, bailé canciones de Chayanne, guardé todas las fotitos en una caja, colgué dibujos nuevos, pero no me animé abrir aquel placard en la habitación.  De solo pensarlo, un nudo en el pecho se me formaba. 

Luego de casi 90 días, las cosas se fueron acomodando solas y debí sacar todas esas facetas que en el mundo ya se habían  descubierto: descargué aplicaciones, cumplí con cada challenge virtual habido y por haber, me corté el pelo, me maquillé y desmaquillé, cociné y comí,  desperté y dormí, grité y me oí. 

Hasta que una tarde, precisamente la  105, el pleno invierno comenzó a sentirse; la estufa parecía tardar cada vez  más en calentar el ambiente y un ruido extraño retumbó en toda la habitación. Se sentía  con eco, pompom  pompom , como si fueran latidos del corazón, caminé por todas partes y no sabía de dónde venía. Pompom, me sentía como en “Corazón delator” o Jumanji.  Pompom, hasta parecía tener cierto ritmo. 

Seguí  el sonido  por todas partes:  arriba y debajo de muebles, apagué la compu y el celular,  debajo de la cama, en la cocina, baño y libreros, pero el sonido no se detuvo sino hasta que me paré frente  del -viejo y aterrador- placard de madera. 

Sentí como si dentro hubiera un muerto, uno de verdad. Tomé un cuchillo para aflojar una de  sus puertas. ¿y si quizás era una rata dentro? ¿ o un nido de ratas?  A la grande no le pensaba poner Cuca . 

Aflojé todo lo que pude  y las puertas lograron deslizarse  dejando en evidencia todo lo que tenía en su interior. Uff que bueno no había ningún cadáver, solo una bolsa de esas negras con frazadas, una caja repleta de humedad, un estuche con un violín, y un derbake árabe cubierto con un trapo viejo. Los saqué y limpié, parecían nuevos. Parecían realmente nuevos. 

Al día siguiente papá me despertó con una  melodía sonora bastante peculiar-canciones de Disney reversionadas con un violin. Papá tenía días libres de vez en cuando, pero muy pocas veces los utilizaba para otras cosas que no sean dormir o arreglar algo del departamento. 

Esa  mañana me levantó, cantamos, abrimos las ventanas, le cantamos al mundo entero y el mundo entero por fin nos escuchaba. 

De canciones de Disney pasamos a melodías que no había escuchado jamás, pero por alguna extraña razón las conocía de memoria. 

¿Ustedes sabían que pueden armar un derbake con láminas de radiografía? Yo tampoco sé de dónde saqué esa información, pero sabía todo acerca del raro y mal llamado tamborcito. No cuestioné cuándo había aprendido a manipular ese instrumento, ni qué había pasado ese día. No recuerdo, qué comimos ni cuando nos fuimos a dormir. Solo que le cantamos al mundo, grité y alguien me escuchó. 

Cada quién pasa el encierro como puede. 

Al amanecer siguiente papá me despertó con susurros, no más violines ni cantos como gallo. Me despertó asustado, con lágrimas en los ojos. Me contó que me encontró durmiendo dentro del placard con un papel en la mano, más bien una fotografía bastante  antigua. Una donde se nos veía felices, tocando algunos instrumentos, siendo de la música el latido de nuestros corazones. 

Hace 122 días que no salgo de casa y esa no es ninguna novedad. 

Hace 122 años que no salgo de casa hasta que la niña se animó a abrir el placard, tocar el derbake y dejarme en libertad.




Comentarios

  1. Buenas Mica!
    Me gusta muchísimo como avanza la narración en este texto! La acumulación de actividades para ilustrar cómo pasan los días de cuarentena me pareció muy buena y la atmósfera que vas creando al rededor del placard es muy interesante, cómo mencionas, recuerda al corazón delator de Edgar Allan Poe.
    Con Jan estamos debatiendo sobre el final: Mi teoría es que la persona en el armario es ella misma atrapada en un bucle temporal y la de Jan que son dos personas distintas y que cambiaste el narrador sin avisar. ¿Podrías dar tu opinión en esta disputa o te arruinamos el texto si lo aclaras?

    Estoy esperando leerte de nuevo,
    Vane <3

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  2. Mi segunda teoría es que el espíritu de la nena en el armario se va a apoderando de a poquito del narrador, osea de la nena original que conoce lo que son los tiktoks, Paulina Cocina y Jumanji.
    Jan.

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  3. Hola! también me gustó mucho el texto. Automáticamente después que mencionó que no había abierto el placard, me dieron ganas de saber qué ocurriría cuando lo haga... y solo después de leer sus comentarios entendí (creo) el párrafo final con el cambio de narrador!

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  4. Buenas, paso a dejarte mi comentario!
    Este cuento me atrapo desde el primcipio, ya que empezaste desde nuestra realidad tratando de transformarla como cotidiana, acá el conflicto se intenta "normalizar" pero sabemos que no es así. El conflicto del personaje es la cuarentena planteada como si el placard fuera una caja de Pandora es un toque fenomenal!
    Sin más que decir, ánimo para seguir escribiendo!

    Best Wishes...

    Atte: Julia/Kenya

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