Mariano - Focalización


En un instante idenfinido.

Con la torpeza que genera el deseo besé a Juan esa noche en la costa. Pensaba en la imágen de dos jovenes tigres jugando, mordiéndose con sus grandes mandíbulas, exhibiendo sus colmillos con los que bien podrian hacerse todo el daño que quisiesen, pero entregados al juego. Su mirada plateada cortaba el viento y todo en su paso hacia mi, me absorbia en él.  En aquél instante quedaríamos situados; en ese universo de los intagibles, dentro de un fotograma, una pelicula cíclica en los sueños.  Cómo fue posible atravesar una guerra sin casi notarlo, sólo teniendo aquella imágen en mi cabeza, lo hacía parecer no más que un absurdo circo de hombres sin ningun destino; si nadie había estado en aquella otra batalla en la que nos encontrabamos con Juan, en que algo animal desobedecía a lo más sagrado que conocíamos y desconocíamos en nosotros. Aquellos tigres jugando en la arena con el lomo suavemente iluminado,  atravezados por las heridas nacidas en la tensión de medirse mal en la euforia.

Mi destino serían las letras luego de aquella absurda guerra que mitigó la verdadera batalla. Ver a Juan en Rimbaud era una comparación que siempre me había gustado, sus ojos claros, sus aires déspotas de adónica rubia belleza. Aquello era lo que me había signado para conocer y reconocer ese narcicismo en Alma, con quien atravesé con éxito los largos tramos de vivir como se espera sin desesperar, pero ahora que el tiempo es cada vez más corto hacia el futuro, he decidido deliberadamente estar solo con mis pasatiempos y escribir mis memorias públicas y mis memorias privadas. Volví a ver a Juan solo una vez a la salida de un concierto de la filarmónica de Viena, en el lugar y tiempo menos esperado hace ya algunos años. Sacaba de una cigarrera plateada un cigarro fino que encendió como un actor del cine negro italiano. Nos reconocimos como queriendo estar cada uno del lado del mundo opuesto, aquella sensación de  juventud apareció en mi cuerpo como un reflejo condicionado, Pedro se acercó hacia a mí y yo Juan hacía él desdoblandome en un espejo.  Le dejé mi tarjeta que guardó ocultando el entusiasmo y nerviosismo en su mirada, quizás haya extravíado aquella tarjeta, en la torpeza de la pasión porque jamás me llamó. Y yo Pedro, habiendo guardado con tanto celo aquel papel que me separaba de la verdadera persona que fuí, solamente durante aquella juventud junto a Juan, había extraviado el libro donde quedó ese tesoro olvidado. Estos últimos años han sido de sobrevalorada libreria, miles de tomos usados, oficiando de librero y bibliotecario, atesorando ediciones de Cien años de Soledad, con único recelo, o la patética  insistencia en la persistencia del tiempo.


Comentarios

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Buenas! Paso a dejarte mi comentario...
    Que buen texto, me encanto el uso del personaje como centro de los sucesos atesorados en el recuerdo y que lo construyeron para ser quien es.
    La focalización es clara y concreta, cuento logradisimo, sin más que decir, animo para seguir escribiendo!

    Best Wishes...

    Atte:Julia/Kenya

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