Carlos - Dosificación
Cartas de navegación
Mis ojos ya se acostumbraron a la oscuridad,
empiezo a ver ligeros destellos de luz a través de este grueso tejido. Son
antorchas, puedo contar seis, en noches así de oscuras el fuego irradia con
toda su magnitud, ahora puedo ver siente, pero por más que concentre, no logro
comprender sus palabras, sólo murmullos apagados en tonos de furia, tal vez
amenazas, algunos riendo y otro dando tímidas opiniones. Por la manera en la
que escucho sus voces, concluyo que no sólo estoy dentro de un vigorosamente
atado saco, sino que me encuentro bajo cubierta, viendo las antorchas de mis
captores por las grietas de la desgastada madera que tengo sobre mi cabeza. El
movimiento es ligero y constante, por lo que el barco sigue anclado, es sólo
cuestión de tiempo para que se pongan de acuerdo sobre mi sentencia y escuche
bajar al verdugo elegido para acabar con mi vida, porque estoy seguro que no me
dejarán vivir después de lo que vi.
Desde que tengo memoria el mar estuvo presente
en cada grande y pequeño paso de mi vida. Mi padre era mercante, solía
regalarme una gran cantidad de libros y cartas navales de todos los lugares en
los estuvo durante sus viajes, cuando cumplí diez empecé a acompañarlo como un
miembro oficial de su tripulación, él me enseñaba todo lo que sabía sobre
navegar y yo le proporcionaba las mejoras rutas de viaje copiando al detalle
cualquier mapa que tenía la oportunidad de ver incluso durante pocos segundos.
Cumplí trece y sentí que mi talento era desperdiciado mientras sólo llevábamos
especias, azúcar y cuero de un puerto a otro como una eterna rutina; mi padre
no lo entendió y esa misma noche escapé, necesitaba ver lo que había más allá
del mar, encontrar nuevas rutas hasta otras tierras donde ningún marinero había
llegado jamás.
Y así emprendí lo que para mí era un viaje del
que dependería el resto de mi vida; pero el pobre niño ingenuo se dio un golpe
de realidad. Ningún capitán me daba la oportunidad de mostrarle mis habilidades
como cartógrafo, ellos buscaban para su tripulación hombres fuertes que protegerían
su mercancía a toda costa de los piratas que acechaban en mar abierto, la
mayoría de embarcaciones contaban con un anciano de cumplía las funciones de
cartógrafo, carpintero, ingeniero e incluso cocinero.
Después de pasar tres de años viviendo de la
caridad de las personas, gracias a mi habilidad para jugar a los dados,
conseguí un puesto de intendencia dentro del Sor Ana, y aunque mi trabajo
consistía en mantener trapeada la cubierta, era feliz de regresar al mar. De
vez en cuando tenía acceso a libros y mapas, escapaba de mis labores durante
pocos minutos para continuar practicando mi memoria.
Esta mañana empezó como cualquier otra,
barriendo y trapeando los camarotes, jamás me hubiera imaginado que en un par
de horas me vería envuelto en esta situación. Cuando el vigía grito desde lo
alto del mástil que divisaba un barco con velas negras a lo lejos, me invadió
un profundo terror; había leído distintos relatos sobre aquellos hombres sin
bandera ni dios, también escuché rumores sobre los más famosos capitanes y sus
hazañas, llenas de caos y crueldad. A algunos sólo les interesaba el dinero y
la mercancía, pero otros satisfacían sus más oscuros deseos con la tortura y el
asesinato sin culpa alguna.
El contramaestre ordenó cambiar el rumbo, la
mejor manera de evitar un intercambio de cañonazos o peor aún, un abordaje, es
mantener la mayor distancia posible; pero su barco era veloz en menos de
cuarenta minutos lo tuvimos delante, la tripulación bajó a preparar los cañones
y el capitán giró a estribor preparándose para el ataque. Corrí despavorido a
buscar refugio dentro del lugar más lejano y opuesto a la línea de fuego, la
cocina, y me quedé debajo de una mesa deseando que los hombres de la
tripulación sean tan feroces como alardeaban ser. Los cañones empezaron a
disparar, polvo y pedazos de madera volaban por todos lados, sólo fueron tres
disparos, pero mis tímpanos quedaron por completo ensordecidos, el barco ya
estaba lo bastante cerca para abordar y más disparos no serían necesarios.
Escuché la tripulación salir bajo cubierta entre órdenes y gritos, se
escucharon repetidos choques de espadas y disparos de armas, pero lo que
predominó al final fueron gritos de dolor, golpes secos contra la cubierta y,
para terminar, el inconfundible sonido de cuerpos cayendo al mar.
Cuando todo se calmó, incluyendo el temblor de
mis piernas, intenté salir con el mayor sigilo que pude, y a través de un
agujero en el muro alcancé a ver al grupo de hombre más altos e intimidantes
que había visto, todos con el torso descubierto, cabezas afeitadas adornadas
con tatuajes y portando grandes sables en ambas manos. Formaban un círculo y en
el medio de este se encontraba el capitán del Sor Ana gravemente herido, entregándole
un pergamino enrollado al que parecía ser el único pirata que lucía totalmente
disto al resto. De estatura baja y complexión delgada, vestía un largo saco
hasta los tobillos de color negro, en su cinturón un estoque con la empuñadora
lujosamente decorada y en su cabeza, un sobrero de alas largas que desde mi
ángulo cubría por completo su rostro.
Al ver la escena, el único pensamiento en mi
mente era sobre el pergamino, ¿Qué podría ser tan importante, para que un grupo
de barbaros asesinara a una tripulación completa? El extraño hombre, recibió el
preciado documento de las manos ensangrentadas del capitán, lo abrió y sin
decir una palabra mostró su contenido hacía su gente en todas las direcciones
en lo que estos se encontraban, provocando una eufórica ovación colectiva en
respuesta. En los pocos segundos en los que tuve en frente el pergamino, logré
identificar que se trataba de un mapa que contenía las costas españolas y,
frente a ellas un extenso continente que nunca había visto en ningún otro mapa,
en el extenso mar que separaba ambas costas, figuraban tres insignias pertenecientes
a las arcas de oro personales de la reina.
En aquel instante, envuelto en mi asombro, no
pude advertir que uno de los enormes gorilas, había estado detrás de mí; un
golpe corto en la nuca hizo que mi visión se oscureciera y mientras perdía la
conciencia sólo pude escuchar una voz lejana decir:
—¡Maldición Robot! Te dije que revisaras todo
el barco.
¿Cuál
será su método predilecto? Espero que los rumores sean ciertos y me lancen por
la borda, personalmente me considero un excelente nadador, y tendría muchas
posibilidades de llegar a costa a salvo. También escuché que, por su oficio y
tipo de negocios, no son particularmente afines con la horca, eso me
tranquiliza, no quisiera terminar siendo un trozo de carne colgante; pero lo
más seguro es que su método favorito sea una rápida y misericordiosa bala de
mosquete en el cráneo.
Mis cuestionamientos no van a durar más, las voces
se detuvieron y puedo escuchar pasas sobre mí acercándose, bueno, mi hora ha
llegado, la escotilla se abrió y hay personas bajando la escalera. De un corte
abren el saco, mis ojos se cierra por el brillo de las antorchas. Alcanzo a ver
la silueta de aquel hombre bajito del gran sombrero, aún no logro verlo
claramente, pero al escucharlo hablar, mi pecha se llena de una mezcla entre incredulidad
y alivio.
—Hijo, necesito que dibujes una ruta para mí.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
C. Linares C.
Buenas Carlos!
ResponderEliminarMe gusta mucho tu cuento y como vas plasmando los deseos y motivaciones del personaje principal, además de meter al lector muy bien en la situación que está viviendo.
Se nota muchísimo cómo fuiste haciendo crecer la idea que surgió en la escritura en clase, y en la re-escritura creaste todo un arco de personaje novedoso, que te permitió darnos la información en un orden mucho más enriquecedor. Aplicaste muy bien lo de tomar el punto de interés e ir dosificando la información de manera que esta aparezca cuando es relevante y enriquecedora para el lector.
Espero poder seguir leyéndote,
Vane <3