Javi - Dosificación

 

La condena

Tomó el último limón para prepararse otro vaso de caipiriña y recordó que al día siguiente debía ir a la feria. Una tarea más para la lista, que ya era bastante larga en su cabeza preocupada por la sentencia del día siguiente. Imaginó los limones pudriéndose en la parte baja de la heladera, al igual que él en su celda, y descartó la idea. A pesar de necesitar solo la mitad, usó toda la caña barata que le quedaba, sabiendo que sería el último vaso de la noche. Si no lo hacía vomitar, tal vez le ayude a dormir.

Se levantó mucho antes que suene el despertador y limpió el inodoro salpicado mientras la garganta seca y el dolor detrás de los ojos le recordaban las pésimas decisiones que venía tomando últimamente. En ese momento le parecía importante dejar todo lo más limpio posible, cosa que cuando regrese, si regresase, haya solo polvo y no moho. Barrió la casa para hacer tiempo y tratar de no pensar tanto, lo que fue bastante eficaz hasta que encontró el colgante de hilo sintético debajo del sillón marrón. Repasó, cuadro por cuadro, todo lo que ocurrió aquella mañana, imaginando futuros alternativos de pasados que nunca ocurrieron. Si en aquella combinación imposible de factores una mínima situación se pudiera cambiar al menos mínimamente. “¿Qué hubiera pasado algo hubiese sido distinto?” Ya había perdido la cuenta de las veces que se hizo esa pregunta.

Cuando volvió en sí estaba sentado en el sillón, mirando fijamente al piso sin saber con certeza cómo ese colgante podía estar ahí, entre sus manos. Miró la hora, agarró el bolso de mano y puso la billetera, el celular y el papelito con las palabras claves para la declaración en cada uno de los bolsillos de su pantalón. Mientras bajaba las escaleras se preguntaba si no hubiese sido buena idea darse una última ducha caliente antes de salir. Como no encontraba la sube, le entregó quinientos pesos al chofer mientras se preguntaba si los cuatrocientos cincuenta de cambio le alcanzarían para el pasaje de vuelta. Tenía cosas más importantes en las que pensar, pero encontraba un descanso en hacerse preguntas irrelevantes que le ayuden a evadir la realidad. Últimamente evadir la realidad era lo único que le traía algún tipo de satisfacción, aunque después de las preguntas estúpidas o el exceso de alcohol, siempre volvía al mismo lugar, pero con resaca o la cabeza cansada de no encontrar respuestas.

El sabor a sangre le hizo darse cuenta que, una vez más, había exagerado al comerse las cutículas. Estaba pensando en el juez que dictaría la sentencia. A esta altura se preguntaba si el hecho de que se haya formado en Suecia era bueno o malo. Las penas de muerte se habían abolido hace un siglo allá y su sistema penal era modelo en el mundo, bastante alejado de la realidad que le podría tocar. Le bajó la presión al escuchar que el guardia le pedía el documento a la persona que estaba delante de él. Parecía poder ver su DNI sobre la mesita de luz mientras manoteaba su billetera casi vacía. Ya no le alcanzaba el tiempo para volver y si no se presentaba podrían declararlo en rebeldía. Intentó convencerlo para que lo deje entrar, pero no hubo caso. La adrenalina invadió sus piernas, mientras el uniformado se distrajo para hablar con su compañero a través de la ventana, y empezó a correr. La sorpresa le dio ventaja, pero tomar caipiriñas y hacerse preguntas estúpidas no lo hacían más veloz. Seguramente lo alcanzarían al dar la vuelta en el pasillo, pero ¿qué es lo peor que le podía pasar? ¿Qué lo lleven preso? Unos golpes fueron suficientes para reducirlo, pero el alboroto llamó la atención del juez que lo reconoció y le permitió entrar. Las esposas lastimándole las muñecas y el dolor en su costilla, cada vez que apoyaba la pierna izquierda, le hacían pensar que nunca más saldría sin su documento. También pensaba si su condena le ayudaría a no volver a cometer los mismos errores.

Cuando llegó su turno para hablar tomó con dificultad el papelito que tenía en el bolsillo trasero, pero nadie se ofreció a sacarle las esposas o sujetarle el papel al ver que no podía leerlo. Terminó de resignarse cuando se le cayó debajo del asiento delantero, totalmente fuera de su alcance. El silencio a su alrededor parecía una gran lupa que evidenciaba cada uno de sus torpes movimientos. Ya sin excusas decidió improvisar y le pidió al juez que lo mate o que convenza a su hermana, a su cuñado, a sus padres, a sus amigos, a sus compañeros de trabajo, a sus vecinos y hasta a él mismo, que la vida aún tenía sentido después de lo que había hecho.

Comentarios

  1. AAAAAA está hermoso el cuento pero yo solo puedo pensar en qué hizo acá necesitamos respuestas

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Tal vez escriba una precuela para contarlo... por ahora vas a tener que esperar XD

      Eliminar
  2. Buenismo Javi!! Me encantó el suspenso!!! Cuanta intriga!! Gracias por tu arte, Sami

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares