Jan Murphy .- Fantasía

Jan Murphy
Cuento fantástico a partir de un fragmento inicial.

El elefante.


Apagó la alarma. El elefante seguía ahí. En el aparador descansaba la alcancía  con forma de animal, de contornos redondeados y de patas anchas unidas en una sola base, con cara de sorprendido pero a la vez de completa calma, como quien ve cómo ocurre algo increíble pero sabe que va a pasar, con los ojos bien abiertos de un actor teatral interpretando a un apuñalado y mirando al público a ver si vino su familia a verlo. Con esos ojos verdes, enormes y vidriosos de esmalte sobre cerámica lo había estado mirando desde siempre; mientras iba  y venía por la habitación de su prima corriendo con sábanas en la cabeza y saltando con autitos en la mano de cama en cama; mientras cargaba cajas y corría muebles viejos en la mudanza silenciosa posterior a la muerte de su abuela; y, más recientemente, mientras almorzaba, se masturbaba o miraba televisión sentado en su cama.

Hacía siete meses que había desaparecido su prima. Antes de irse le había metido a la alcancía algo adentro, que le hacía tope al ruido metálico y opaco de las monedas, y le había pegado un cartel con cinta: No abrir hasta el 9 de Julio de 2020 a las 9 pm. El “no abrir” estaba subrayado con tres lapiceras distintas. El mensaje era claro.

Era primero de Julio. El mes, por lo menos, había llegado. La alarma marcaba las 10 am y el elefante lo seguía mirando. Se levantó, lo agarró y se lo llevó a desayunar a la cocina.

-Johanna es una pelotuda. – habló de su prima por teléfono - Se va a la mierda, nos preocupa a todos y encima deja un mensaje pegado a una alcancía, flashando Dark. Yo lo voy a abrir igual, hace meses que estoy dele mirar esta alcancía del orto. Cuando no la miro es porque estoy durmiendo, y cuando duermo sueño que la abro, o que la voy a buscar y ya no está. Además me preocupa, ¿por qué hasta el 9 de Julio? ¿Qué tiene? Es el día del trabajador. ¿Y?

-Bueno, Marqui, pero fíjate que por algo, por alguna razón, te lo habrá puesto. Joha era de hacer bromas pero nunca haría algo tan serio.

-¿Cómo que “era”? Es, mamá, es. - Ya le dije un montón de veces.

- Perdón hijo… ¿entonces qué vas a hacer?

- Ahora me voy a pegar una ducha. Cuando salga, veo qué hago. Encima camino por la habitación y parece como que me mira ¿Vos lo pintaste así? Tiene algo que ver con la simetría de los ojos y la distancia con la nariz, ¿no?, la trompa, cuando parece que te mira. Vi algo de eso en arte en la secundaria. Se te corrió un poquito el esmalte por el borde del ojo y parece como que está por llorar.

- No, no lo pinté yo. Los vendían en un puestito de artesanías en Rosario, ya venían pintados. Cuando era chica me lo compró tu papá por cincuenta centavos, que en ese momento era bastante.

- Bueno, ma, entro al baño. Nos vemos. Besos.

Más tarde, Marcos salió en toalla derecho a la cocina, agarró la alcancía, la alzó al cielo y, en un suspiro, convirtió al elefantito redondeado en pedazos de cerámica desparramados en el piso, monedas de cobre y una llave envuelta en un papel con algo escrito. Desenvolvió la llave y leyó.

“Hola, Marcos. Gracias por esperar. Sé que no debés estar entendiendo nada, perdón. Andá a la casa de mi mamá (Tacuarí 267). Esta llave es de la reja. Voy a dejar la llave de la puerta en la maceta blanca que tiene un jazmín. Andá solo. No te asustes, no va a haber nadie.”

Marcos fue a su pieza pegando saltos para no cortarse el pie, se vistió con un buzo de capucha grande, se puso el tapaboca y salió a la vereda puteando en voz baja. Las veinte cuadras que lo separaban de lo de su tía muerta las hizo caminando casi al trote y sin terminar de creer en nada de lo que podía llegar a pensar. 

Llegó. Abrió la reja, buscó una llave en la maceta sin encontrarla y escuchó ruidos adentro. Estaba la puerta abierta. Pasó. Lo que era el living ya no tenía muebles, excepto un guardarropas que estaba agarrado al techo y con las puertas colgando. De adentro cayó un hombre idéntico a él, que lo miró y se quejó con un movimiento manos. Marcos perdió el equilibrio y se cayó para atrás. El hombre habló hacia la otra habitación.

-¿Qué hace este acá? No entendió lo de quedate en casa. ¿Qué fecha le pusiste en la alcancía?

-Nueve de julio. Marcos ¿qué hacés acá? La puta madre, otra vez, ¿no leés la nota que te dejé? – Su prima llegó desde la cocina y lo retó – Tenés que esperar hasta el nueve de julio a las nueve. –Se dio media vuelta - Ma, traé el transferidor por favor. Está al lado de la heladera.

Una nena de vestido gris llegó con un talismán en la mano y un aparato bajo el brazo, semejante a un caleidoscopio, pero cinco veces más grande. Le mostró a Marcos el talismán. Era la figura de un águila de metal con ojos de rubí incrustado que, colgando de su muñeca, emitió una luz que lo dejó ciego.

-Mandale un beso a la tía. Ahre que no se va a acordar.

Marcos abrió los ojos. Apagó la alarma. El elefante seguía ahí, en el aparador. Se levantó y llevó el elefante a la cocina. Sus ojos celestes parecían no dejarlo de mirar. Atendió el teléfono.



-Hola, ma. Buen día. Bien. ¿Vos cómo estás?

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