Eve - Personajes

                                      La sagrada mentira de una promesa


Afuera una fogata ardía como lo hacía mi ser, casi quemándome por dentro buscando romper mi piel para que la sangre escape y yo con ella. Me abrí paso con tanta decisión que nadie en el eufórico cantar hereje se dio cuenta de mi existencia, la guitarra acompañó cada avance por la pared hacía la ventana.

Cuando llegué a la cima no dude un segundo en entrar al ver tan bello espécimen preparándose para bailar en ese frío piso del patio como si fuese el más importante tablao en España. De alguna manera lo era. 

Isabel, Isabelita como le decían, era de las pocas personas que podían reconocerme en menos de un segundo, por más disfrazado tuviera mi largo cuerpo. 

Cuando el cantico empezó también lo hizo nuestro encuentro.

El baile se transportó a tan oscura habitación y entre sabanas y ropa apartada del camino nuestros pasos eran tan precisos como las palmas marcando el ritmo allí fuera. La vela roja derritiéndose era la única testigo de nuestra fundida sangre al calor natural fuera de nuestros cuerpos. 

Los ojos más negros que había visto en mi vida tomaron la pausa para increparme por mi larga ausencia y preguntar si tal fiebre valía la pena, le prometí que me batiría en duelo con cualquiera en aquel patio y que apuñalaría a su mismísimo prometido si era necesario. El éxtasis llego para los instrumentos, las voces y las palmadas y así también, llegó el nuestro.

 Solo pude ver tu cara. 

Sentada mientras el hermoso ser descansaba, solo podía repasar aquel momento, sus labios no eran suyos cuando me decían te amo, sus manos transmutaban y esa visión hermosa frente a mi tenía otra cara.

 Carmen, te podía ver más brillante y hermosa que la Santa María, con mis ojos cerrados se presentó el sueño recurrente en tan despierto momento, te rodeaba un manto bordado con hilos de oro, elevada con un halo más que santo y los brazos abiertos como esperando nuestro rencuentro. 

Me recosté un rato, Isabelita se veía angelical y la culpa empezó a comerme viva. ¿Pero cómo iba a tener el valor de romper tal corazón? ¿Cómo explicarle que no me batiría a duelo con nadie? ¿Cómo decirle que solo necesitaba quemar un cuerpo que no fuera el mío? Sus brazos me rodearon con fuerza, una amorosa, pero se sentían como una prisión y el techo cada vez se acercaba más a mi hasta sacarme el aire. Me levanté, me vestí con el último vestigio de luz de la vela, abrió sus ojos y me sonrió con casi una súplica

 –Beca... Me dijo. Solo la miré.

– Beca...por favor. Repitió con la sonrisa cada vez más triste y angustia en su voz.

– No. 

Luego de besar su mano, con su mirada más furiosa que triste clavada, descendí para camuflarme otra vez entré lo poco que quedaba de lo que fue una alegre multitud. 

Y así, creía estar lista para afrontar el esperado día.


En algún momento de la mañana mi amigo llegó con el traje ya listo, impecable. Me reto porque se notaba que no había dormido, temía que mi rendimiento no fuera bueno. Pues era cierto tal estado, liberarme unas cuantas horas no fueron suficientes para sacar todos mis nervios, así que practiqué hasta que creí que mis dedos se romperían entre las cuerdas. Además, temía soñar contigo, temía soñar con el día que me escabullí de aquel lugar y te prometí volverte a buscar, te prometí rescatarte del sagrado lugar, que cuando la fama me encuentre en el palau de la música, tu persona iba a estar acompañándome, pero ni siquiera en ese momento estaba diciendo la verdad.

A unas horas del posible reconocimiento, casi rebalsaba de orgullo de no haber cumplido mi promesa. 

El miedo a que me alcanzara la fama y así una vida rutinaria era más fuerte que el hecho de que me rechazaran por quien soy. A veces deseaba volver al convento solo para volver a escapar, prefería vestir el roto habito y aspirar el olor de la madera podrida del barco pegada a mi cara una y otra vez, que tan tortuosa posibilidad. Escaparía mil veces. Si, aun así, no me arrepentía de no haberte cumplido.

El camino era mío, solo mío. No había más lugar.

Le anuncie a mi amigo que hoy no usaría el traje, que solo deje el saco y el sombrero. Estaba todo decidido. Este me dijo que era una locura, que corría riesgo de opacar mi éxito y admiración, que podía arruinar todo. Era justo lo que me intrigaba, lo que me cosquilleaba el alma.

Otra vez con la mirada en llamas, reafirme mi deseo y así, con una palmada en el hombro, me ayudo a preparar todo.


Y ahora sí, estaba allí. No existía mirada más fuerte que la mía, me visualice como una estampa Santa, con poder más vengativo que misericordioso y mi voluntad estaba por sobre cualquier persona en ese recinto. Con el violín en mano y la falda rozando el suelo, estaba dando el mejor concierto de mi vida y con un final exquisito y ovaciones, levanté mi mirada. Allí estabas, mi santa María, mi Carmencita, mirándome a los ojos atravesándome el alma, con un odio tan grande que me llenaba de amor y pasión. Reconocí al instante como te subestime, no necesitabas que te ayude a escapar. Y así, de una vez por todas sangrando la mentira de nuestra promesa, a la distancia sin palabra alguna nos dimos nuestro escrito adiós.

Así mismo si cumpliste algo.

La fama estaba elevando mis pies.


Se presentó la gran Rebeca Antonia Santillán.


Comentarios

  1. Hola Eve!
    Tu cuento es hermoso de principio a fin! Seleccionaste los datos necesarios de tu ficha para que los lectores puedan empatizar con la protagonista, siempre presentándola a través de acciones y hechos (Buen uso del SNT!) Haces que quién lee se conecte inmediatamente con Rebeca y su historia, además la situación que se narra es muy atrapante e interesante.
    Espero poder seguir leyendote,
    Vane <2+1

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